Letras de Amor
Eran los tiempos donde poco podía decidirse por uno mismo. Tiempos donde los padres decían cómo y cuándo debían hacerse las cosas. Tiempos de los primeros reclamos por la ropa y el tipo de corte de cabello. Momentos inolvidables de la vida donde todo está por comenzar, pero de una manera concreta y consciente. Son los días donde el amor empieza a picar en el pecho, mezclado con el deseo inicial, con todo lo que uno no sabe y pretende, con sueños que quizá nunca se cumplan, porque habrá sueños mejores.
Eva tenía más o menos catorce años. Y yo la misma edad. Como generalmente pasa, era la prima de mi vecino más próximo. Nada en ella era demasiado llamativo, pero en los albores del todo, era una mujercita más que deseable. No sé si su melena que tocaba sus hombros, sus ojos marrones y su piel cetrina, Eva tenía un encanto escondido que yo no podía ni sabía individualizarlo. O quizá eran mis hormonas.
El amor surgió de la nada. Un día, nos fuimos de la mano y hablamos mucho. Pero nuestros horarios en la semana, sumado al control que sus padres que ejercían sobre ella, la oportunidad de vernos quedaba supeditada a los fines de semana, en las tardes, antes de que caiga el sol.
Entonces, resuelto, dispuse que no podría esperar tanto para saber de ella, lejos de llamadas telefónicas y “chats”, porque lo primero era demasiado molesto y lo segundo simplemente no existía, elegí entonces un buzón secreto para intercambiar nuestras palabras, un buzón que a la vista de todos quedara absolutamente desaparecido.
A una cuadra de mi casa y en el camino entre la suya y su escuela, había una casa abandonada que tenía unas persianas de madera, con la pintura saltada, pero que dentro de sus intersticios cabría una pequeña esquela para dos jóvenes enamorados. Y entonces, y durante unos meses, a las salidas de los fines de semana por la tarde, se sumaron las cartas de día por medio, donde nos contábamos las cosas que dos muy jóvenes personas querrían contarse.
He perdido a través de los años aquéllos escritos o los he hecho desaparecer por pudor, aún no lo sé. La verdad es que no los tengo aunque los he buscado con cariño y devoción. Aún recuerdo su letra redonda y grande, más grande que la mía, y sus pequeños dibujos en medio de la escritura que dulcemente desgranaba los primeros sentires y deseos. Las primeras letras de amor.
Las horas parecían días y aún recuerdo mi frustración cuando no encontraba la misiva de amor, porque hubo algunas veces ciertas desinteligencias que no mellaron el sentimiento, un sentimiento que desapareció de repente, cuando alguno de sus padres se dio cuenta de la situación y consideró inconveniente que ese muchacho sin futuro le arrastre el ala a la nena. O al menos fue eso lo que trascendió entre las familias. O lo que yo quise creer. Apenas teníamos quince años.
Un tiempo después decidieron demoler la vieja casa de la esquina. Y allí fui yo, día tras día, a ver cómo lentamente la iban despedazando, dándole espacio a un edificio nuevo y alto. Creo que los obreros no entendían que hacía yo mirando el desmonte de las paredes y el desarmado de las puertas y ventanas. Es que quizá quedaba aún alguna carta que yo no había encontrado a tiempo, esa carta que quizá cambiaba el pasado, una carta donde sólo quedara la seguridad del amor bello y eterno.
O simplemente algunas letras de amor.
Marcelo Mariosa
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