Su Mejor Cumpleaños
De la nada, apareciendo como una exhalación, ella se acercó a la radio y giró suavemente la perilla del encendido. Por unos segundos, el silencio continuó extendiendose por la casa. Luego, se pudo escuchar un sonido apenas audible del aparato encendiéndose, la luz interior de la radio que se sonrojaba un poco, y luego los ruidos de siempre y de la nada, desde el aire mismo, la música de Glen Miller llenando la humilde habitación donde Teresa, sus hermanos y su madre vivían. Y, en medio del desorden, del hambre aprendido, de los reclamos por los pagos del alquiler, la humilde habitación se convirtió en un gran salón de baile y Teresa brincaba y volvía a brincar, siguiendo el ritmo moderno de ese jazz contagioso que todas las tardes le regalaba Radio El Mundo. Nada había para festejar pero esa mágica hora de soledad y música era la alegría, la vida, el aire, el mundo mismo para Teresa. Era su momento de gloria.
En su vida, Teresa no tenía muchas alegrías. Una madre que era planchadora salteado y a la cual no le alcanzaban las monedas para alimentar a sus tres hijos, un padre que había desaparecido hacía ya mucho y la posibilidad de que Teresa y Nelly, su hermana menor, quedaran pupilas en un colegio de monjas, algo que sólo podía ser bueno para mamá María, que no podía con los niños. Y el colegio no era acá nomás, sino distante a mil kilómetros, porque las recibían gratuitamente.
Los únicos zapatos con precinto y botón, el vestido para toda actividad social y una vincha blanca era lo mejor que Teresa tenía para ponerse y obvio, nunca hubo un cumpleaños para ella y mucho, muchísimo menos esa fiesta de quince que todas las chicas de su edad tenían. Apenas un bizcocho dulce, comprado en La Martona, y una vela, de las comunes, para celebrar la adolescencia perdida o escondida, el paso que todas las jóvenes añoraban. Pero no había espacio para quejarse.
Pero esa hora de música era su momento de extrema felicidad. Y Teresa bailaba y volaba, apoyándose en una silla, tomando un pantalón como partenaire, y saltando, girando y sonriendo sin parar, como si fuera, porque lo era, la niña más feliz sobre la tierra.
La pobreza la confinó nomás a la Casa de las Carmelitas, junto a su hermana. Ya lejos de su madre, ni recordando a su padre, ella comenzó a liberar su enojo contra su suerte y se juró salir de la nada misma. Pero lo peor, lo peor de todo de estar con las monjas era no tener esa hora de baile, ese regalo del cielo que caía sobre su cabeza y que le permitía codearse con la felicidad. Y entonces, cuando podía y a escondidas, bailaba, escuchando a Glen Miller dentro de su cabeza. Y en el baño común del colegio iba de acá para allá, saltando, girando, al compás de su extraordinaria música, que sólo estaba dentro de sí misma. Y eso, a veces, tuvo su precio. Y muchos moretones.
Pero alguna vez tenía que tener su fiesta de quince. Alguna vez tenía que ser, porque a veces parece que la vida te devuelve algunas deudas. Y así fue. Y aquélla fiesta fue increíble e inolvidable. Estuvieron todas sus amigas, y hubo sandwichitos por doquier, y masas finas (porque ella adoraba las masas finas) y todo lo que tiene que tener una verdadera fiesta. Y bailó. Y bailaron todos. Y una vez más Teresa giró, y voló, y saltó, y brincó, y hasta hizo ademanes con un pañuelo en la mano. Fue la mejor fiesta de su vida. La mejor fiesta, sin dudas.
Aquél día del año 2010 cumplía 80 años. Su primera fiesta de cumpleaños con invitados, música y baile. Y le podía ver en la cara la inmensa felicidad que tenía, que fue un día maravilloso, interminable. Único. Su fiesta de los quince. Su postergada fiesta de quince.
Su última fiesta de cumpleaños.
Sin dudas, la mejor fiesta de su vida.
Marcelo Mariosa
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