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Marcelo Mariosa

No Es Fácil

De repente se plantó frente a mí, con esa cara desencajada que muchas veces tenía. Venía a verme casi todos los días, y a veces lo veía bien, y otras veces no tanto. Quizá la vida lo haya maltratado y yo no tuve forma de enterarme. Es que la única manera de saber es escuchar, es que te lo cuenten en primera persona. Al menos, para poder comprender lo que siente el otro.

No es mi culpa, me dijo. No es mi culpa. Ella siempre quiere tener la última palabra, decía, enojado, pero con ese dolor de la impotencia retenido. Yo no quería, pero ella insistía, insistía, y empezó a romper las pelotas. ¿Por qué hacen eso las minas? ¿Por qué nos rompen las pelotas?

Yo lo miré con detenimiento y pudor. En silencio, claro. El bajó la cabeza, apoyó sus dos manos y sacudió levemente la cara de un lado a otro. Su cabello renegrido apenas se movió. Y siguió hablando.

Ella empezó con lo de siempre, y yo le dije que no me hiciera calentar, que no era nada. Y siguió, y siguió. Yo le pedí que me dejara dormir, que habláramos en otro momento. Pero siguió y siguió, y empezó a sacudirme, enojada, para que la escuchara. Yo estuve trabajando como un burro todo el día. Todo el día. Y me pagan esa mierda. Y no le alcanza. A mí tampoco me alcanza. Pero que puedo hacer yo, si es lo único que tengo.

Se sacudía de un lado al otro, como un león. Del otro lado se oían voces, bajas, controladas. De repente levantó la vista. Yo me asusté un poco, porque, qué se yo, las cosas a veces se salen de cauce. Quieto, miré con desdén.

Yo sé que soy medio jodido, lo de la mina aquélla y las macanas que hago cuando tomo alcohol, pero qué puedo hacer sino seguir adelante, laburando y trayendo la plata que gano a casa. Ni un peso me quedo yo, lo pongo todo. Ella ni me habla, ni me toca, y de repente me sale con esto.

Traté de tragar saliva, pero no pude. Me contuve, quería decir muchas cosas, pero me contuve. Desde mi lugar, hubiese querido decir muchas cosas, pero me tocaba seguir escuchando.

Los chicos son todo para mí, pero me tocó esta vida de mierda. ¿Qué puedo hacer? ¿Qué tengo que hacer?

Volvió a acomodarse, y pude ver sangre en una de sus manos. Me quedé inmóvil, casi sin respiración. Se escuchan voces y luego gritos. El sigue quieto frente a mí, respirando rápido, como los leones después de correr. Lo llaman y le piden que salga. Ni se mueve. Rompen la puerta e ingresan. Es la policía. No se resiste. Yo miro sin decir nada. Lo esposan y se lo llevan.

No es fácil ser espejo en ésta casa. No es fácil.

Marcelo Mariosa

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